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MÚSICOS ARGENTINOS

Primera Antología, Narrativa testimonial. La Comarca Libros, Buenos Aires, 2014..

 

Músicos argentinos (tapa y contratapa)

INTRO (María Neder)

 

 

HERIDAS DE PÓKER

Poesía. Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2012.

 

Heridas de Póker (tapa)

Prólogo (María del Carmen Suárez)

 

"6 - VÉRTIGO UNO" - Audio en la voz de la autora

"8 - HACER SILENCIO" - Audio en la voz de la autora

"10 - FUGA" - Audio en la voz de la autora

"PARTIDA FINAL"

 

 

READING EDGE LECTORA A DOMICILIO

Novela. Editorial Alción, 2006.

 

Reading Edge (tapa)Reading Edge (contratapa)

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SOBRE LA OBRA

RESUMEN ARGUMENTAL

CAPÍTULO COMPLETO

 

 

FISURA DE BOCA

Poesía. Editorial Alción, 2003.

Traducido al italiano (agosto de 2004) por Giancarlo Sissa.

 

TapaContratapa

"PARTIDA DE NACIMIENTO"

"FISURA DE BOCA"

"SAPOS EN LA CALDERA"

"HACERME DE BARRO  -  5"

"6"

"9"

 

 

CUANDO OCTUBRE

Poesía. Ediciones del Dock, Buenos Aires, 1997.

 

TapaContratapa

"EXILIO"

"ÍNACO"

"LETRA EQUÍVOCA"

"AI MI YICA"

"CUANDO OCTUBRE"

"POEMA DEL PRINCIPIO"

"AHORA / APENAS"

 

 

ENTRE LOS HUECOS

Cuentos. Ediciones del Dock, Buenos Aires, 1994.

 

Entre los huecos (tapa)Entre los huecos (contratapa)

"LAS PIEDRAS DE MARÍA"

 

Ilustrado por Virginia Patrone.

 

 

CONTRA CORAZÓN

Cuentos. Torres Agüero Editor, 1993.

Faja de Honor de la SADE (Sociedad Argentina de Escritores), 1990.

 

Contra Corazón (tapa)        Contra Corazón (contratapa)

"EL FINAL DE LAS LÁGRIMAS"

 

Premio Fundación Inca 1989

Jurado: Héctor Tizón, María Granata, Isidoro Blaisten.

 

Ilustrado por Virginia Patrone.

 

 

libros

COOPERATIVISMO
Editado por la UNSL (San Luis, 2011), presentado por Editorial Universitaria en la Feria Internacional del libro, BsAs 2012
Importancia y necesidad del cooperativismo desde la perspectiva infantil.
Reúne además poemas y cuentos de escolares menores de 14 años. Tarea realizada durante 2010 en Villa de Merlo.

 

 

 

 
 

 


 

INTRO

 

Después de aunar los textos de los músicos pensé en lo equívoca que puede sonar la palabra “antología”.
¿Cómo denominar esta presentación de manera tal que anuncie lenguajes propios, historias personales, diferentes y -al mismo tiempo- encontrados en un acorde?
En su estructura, este libro es una Antología, sin embargo al cierre de esta edición suena una orquesta.
La semilla fue la improvisación. Improvisación como vivencia para cada uno de los músicos, más improvisación en palabras. La híper transitada ruta que une literatura y música tiene aquí otra mirada. Hay un lenguaje al que accedieron voluntariamente, hay una música simultánea: poemática y narrativa.

Confesiones libres de un orden temporal o límites geográficos, testimonios.

En el proceso, me invadieron preguntas que se fueron acomodando a cada instrumentista y luego me llevaron a mi propia improvisación en este acto. 
Estoy habitado, hablo a los que fui y los que fui me hablan dice Henri Michaux

 

Fui habitante y escucha durante los meses de encuentros, tantas reuniones, comunicaciones vía e-mail, conversas telefónicas, charlas post recitales, meses de melodía sobre palabra, palabras en el sonido. Lectora y escribiente en un pentagrama. Porque toda escucha es una forma de lectura, una relectura es la escucha de una voz y cada voz es el instrumento que dice un paisaje, un aire, la memoria, un sentimiento, el carozo de la fruta envuelto en gasa para la cocción de un dulce casero, cocción en silencio habitado.

 

Esta página es un atisbo, los primeros acordes, anticipar nombres. Es la Intro de una construcción de todos, no un prólogo o estructuradas palabras preliminares. La necesariedad de ejecutar mi propio instrumento oyendo atenta a veintidós músicos argentinos.

 

Ha habido siempre la música en la escritura: en la nouvelle Tous les matins du monde de Pascal Quignard (1), el enigmático Monsieur de Sainte-Colombe, maestro de viola de Marin Marais, dice: La música está para decir algo que la palabra no puede, lo que no se puede decir no es para el oído… es por eso que no es del todo humana,…No está hecha para Dios, Dios habla…El maestro daba enseñanzas que no versan sobre técnica sino acerca del significado de la música.
Intención teórica del narrador Pascal Quignard que (además del novelista de Editorial Gallimard hacia fines del siglo pasado) estudió piano, órgano, violoncelo, violín.

 

Muchos años antes, Julio Cortázar le hace decir a Johnny Carter (2) yo toco mi música, yo hago mi Dios.

Un empecinado deseo este intento de escritura, como si pudiéramos transmitir lo que no se puede decir.
Usar la palabra como el lenguaje de comunicación que nos diferencia del resto de los seres vivos no le es suficiente al alma humana.
Para varios narradores, las palabras han sido también recursos para hacer música. Me refiero a los narradores, no a poetas pues la poesía es música, pero no siempre la canción.

Ahora voy desde mi acto de lectura y escucha hacia una tercera persona, ellas y ellos… y vuelvo a mí, primera persona, y luego a un tú, vos, quien lee y nos encuentra:

 

Felisberto Hernández anda en pianos por sus relatos pero no por ganarse la vida tocando en los piringundines de Montevideo. Cortázar hace jazz no por referirse a Bird o nombrar a Monk, darles presencia o desarrollar una crítica, “la escucha”, sino –muy especialmente en el cuento mencionado- por hacerlo con una armonización que traslada el bebop a six, sax, sex (3). Es admirable el discurso narrativo musical, presente también en Néstor Sánchez mediante la inversión narrativa sujeta al jazz de Siberia Blues, Así también Daniel Moyano tocó clásica y folklore no sólo en su Orquesta de Cuerdas sino en El Trino del Diablo. Acaso por eso el guitarrista italiano Carlo Domeniconi necesitó componer la ópera homónima luego de leer la nouvelle. Apenas unos pocos ejemplos, miradas al sesgo.
Y, si Néstor Sánchez inaugura el ejercicio de la narrativa poemática para denominar una nueva novela, camino similar que debería darse para la zaparrastrosa poesía… encajonada en el poema como forma... (4), resultará entendible que al concluir esta Primera Antología mi cabeza esté poblada de melodías poemáticas, sinfonías, contrapuntos de cada paisaje personal. 

Este libro nació con intención provocativa: el reverso de lo transitado en la relación música y literatura. Ya no desde quien tiene la palabra y teoriza, sino desde quien tiene el sonido. La sutil diferencia no es tal.
Quien tiene el sonido se adueña también de silencios, los musicales y los internos propios. Inventa su palabra en una nota, un tono, como se exhala el aire en la respiración. Sopla o tensa una cuerda y es una parte del cuerpo que traduce la palabra movediza dentro del instrumento-dentro del músico, fusionados ambos, siendo un único cuerpo.

 

Inicialmente hubo conciertos, nombres, melodías, luces. Comenzaron a sumarse pianos, guitarras, saxos, que a su vez invitaron al bandoneón, batería, contrabajo, al estilo de una gran juntidad de instrumentistas, improvisadores, escribidores y no tanto. Acordamos con Claudio Sánchez rehuir de la canción, aunque aquí están presentes algunos compositores que cantan, rehuimos de la palabra encuadrada para proponer la otra palabra, literaria, y con el acuerdo explícito de liberarlos de géneros canónicos. El encuentro produjo –e incorpora- la ya mencionada improvisación literaria en un texto al que fueron convocados.
Se descubre además un catálogo esencial para cada lector, propuestas de otras escuchas, otros músicos recomendados al cierre de los testimonios.

 

Bernardo Baraj, Juan Falú, Marcelo Moguilevsky, Carlos Aguirre, escriben desde hace tiempo, es dato público. Otros escriben casi a escondidas, Gabriel Paiuk se despliega en poesía que no surge de una música oída sino es el otro lenguaje que navega en aguas internas, está. Federico Aguilar vive la escritura de cuentos como su espacio de improvisación. También casi a escondidas Eliana Liuni y Tomás Fraga, como una necesidad y un juego, en cambio Paula Shocron arma silenciosa un proyecto literario mientras se expresa en el piano, hoy con otra búsqueda, más allá del jazz y subgéneros. .
Mono Fontana nos entrega un poema esencial en su creación musical. Otros, armaron pensamientos, poemas, sueños, sentimientos: Lilián Saba, Diego Schissi, Susana Ratcliff, Nora Sarmoria, Marcelo Katz, Lito Epumer, Quique Sinesi, Ernesto Snajer, Nicolás Ojeda, Hernán Jacinto, Quintino Cinalli.
Inicio con Hilda Herrera, por haber dicho las palabras más inesperadas que se repitieron a lo largo de la conversación (dejo nuevamente a quien lee la provocación para el hallazgo). Su oralidad se convirtió en sonido y poesía, historia y reflexión, el tiempo.
El libro cierra con Juan Falú, sus textos suenan. Escritura inédita para esta Antología en una tarde de miradas internas. Cuando leí su envío por e-mail, comprendí que era innecesario publicar aquí algún cuento suyo. Hay relato, improvisación, el solo que quien lee y escucha sabrá encontrar.

 

Una historia propia y plural se devela. Nos ha sido dada.

Cada músico se presentó a su estilo, cada testimonio se compuso de manera diferente.
Invito entonces a la plácida lectura en un desorden aparente, pues no hay cronologías ni edades ni nombres que respondan a lo habitual. Es mi propia improvisación al reunir los textos antes de la entrega. Viví con expectativa la desgrabación o la espera de un fragmento referido a mis preguntas para componer con ellos un libro nutriente. Hay un repertorio fundado en el tempo de cada uno, silencios íntimos, melodías únicas. Ha sido para mí un vuelo desde una ciudad al otro extremo del planeta o bajar de la montaña al valle en un soplido.

 

Nuestra historia argentina se sigue edificando con el quehacer artístico en este despliegue de calidad humana, transparencia, creatividad, interpretación instrumental, desde un sonido hacia este otro sonido que a veces llegamos a escribir.

 

Me guardo a los ausentes como aquí son recordados por los músicos. Y escribo en mi cuaderno los nombres de los que están para que estén en una segunda antología, necesarios compositores, entrañables, intérpretes, escribidores pero instrumentistas. Sé también el riesgo de elegir, decidir, nombres que siempre significarán la ausencia de otros. Confío en el proyecto y en La Comarca Libros.

 

Para cerrar, vuelvo a Pascal Quignard, hay en él un eco de la teorética de Néstor Sánchez, el inacabable buceo, la interrogación necesaria, la literatura como camino:

 

Leer es vagar, hay en la lectura una espera que no busca un resultado…aquel que busca un libro se expone al riesgo de ser sometido a la emoción de una página que, de repente, hace surgir un suceso dramático de ser desestabilizado… y hay peligro, yo adoro ese peligro, no sé a dónde voy…aquel que quiera saber a dónde va que no abra un libro… (5)

 

Ahora cubro la desnudez, me visto,
             para asistir al recital 
             despojada

 

             infante invita al juego
             en este mismo lugar 

 

             play now

 

María Neder
Buenos Aires, julio-agosto, 2014

 

 

 

 

 


(1) Obra citada. Folio, Gallimard, 1991
(2) – (3) El Perseguidor, in memoriam Charlie Parker
(4) Ojo de Rapiña, La Comarca Libros, Buenos Aires 2013
(5)Reportaje, Pascal Quignard (“Una belleza nueva”), Francia, 2008

 

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Acerca de Heridas de póker y la poesía de María Neder

 

 

María Neder es una extraordinaria jugadora. Usa las palabras con destreza y va lanzándolas -en avance y retroceso- a un espacio donde se acomodan hasta estallar. Los fragmentos de esta combustión, del fuego interno, emergen desde distintos ángulos en cada uno de los poemas de este libro singular.


“En este juego no hay cartas marcadas / hay un rapto del otro”, escribe. Es turbulencia del amor. El deseo como juego y el juego del deseo en un fulgor inesperado. Lo anticipa con la cita de Platón que inicia el libro. Y le otorga un espacio geográfico con la segunda cita de Ítalo Calvino, a quien vuelve en algunos poemas.


Gilles Deleuze afirma el azar no es un principio sino la ausencia de todo principio. Así pues devuelve a la ausencia o a la nada lo que sale del azar.


Un sentido similar aparece en el libro “El juego como símbolo del mundo” de Eugène Frink cuando expresa: … el mundo es el dominio anónimo de la ausencia, a partir del cual las cosas aparecen y a continuación desaparecen. La aparición es la máscara tras la cual no hay nadie, tras la cual sólo hay precisamente la nada.   


María Neder escribe “Aprendiz de maga es la jugadora, / su afán disolver máscaras rehacerlas…” nos encontramos con una de las claves del libro, del vacío a la aparición, a lo concreto. Este libro está recorrido por la máscara y el pozo. Encubrimiento del juego y la caída al abismo para retornar y volver al comienzo. El juego de lo cotidiano, barajar y dar de nuevo.
El juego  es la repetición del deseo que no cesa.  Versos como: “Un itinerario sin mapas -brutal orgasmo hacia el abismo de vos.” O “Una baraja es tormenta” son apenas algunas pistas que muestran el azar como incertidumbre, una intemperie en donde la esperanza es el intento de un tránsito hacia lo posible:
“… son instantes como puertas / hacia el otro lado / puertas, resquicios anteriores al acuerdo / de un juego cerrado”.


En el póker –juego de barajas-, lo gestual, la mirada, asumen una importancia suprema. Cualquier pestañeo o mirada es detonante, decisiva. De ahí que la autora –sagaz observadora de los juegos en las relaciones humanas- toma como punto de partida la simulación, un tejido de relaciones donde reina el simulacro, lo aparente. Con esto vuelve a temas y perceptivas de libros anteriores, cuentos de sus primeros libros aunque mucho más de los poemas de Fisura de boca (Alción Ed. 2004).


“Cronómetro de señas / la atracción hacia el pozo”, concluye el primer poema titulado Introito.
Neder bordea el lenguaje, su poesía es de pliegues, como lo ha dicho Jorge Boccanera: “un montaje que intercala preguntas, frases entre paréntesis, líneas truncas, voces ajenas”. Pero lo lúdico es un camino hacia dónde? En esos pliegues una de las cartas es el juego del amor. Anverso y reverso de los naipes. Caras y contracaras. Ella mezcla las cartas y comienza un juego. Su mirada es intensa. Su oído es agudo. Suma música y profecía: “En un teclado se construye la casa / esa torre de balcones suspendidos / en el vórtice de la escalera real”.  No precisa recurrir a la metáfora, el recurso es a priori: el juego elegido –póker- como recorrido cotidiano.


René Guenon afirmó Los juegos han sido, originariamente,  muy otra cosa que las simples distracciones en que se han convertido. 


María Neder elige un juego de cartas, un simbolismo tan antiguo plagado de connotaciones. Las barajas, primero fueron símbolos mágicos, luego simbolizaron batallas. Posiblemente se originaron en la India, hay quienes afirman que se originaron en China y Egipto. En Europa las primeras menciones de juegos de cartas datan de los siglos XIII y XIV, introducidos posiblemente por los cruzados, otros afirman que los naipes fueron inventados por las mujeres chinas en los harenes para distraer su aburrimiento.  Son historias o leyendas, otros recorridos.
Aquí el juego es a cada paso, la habilidad de despojarse de una baraja como ese cruce del azar que puede cambiar una circunstancia. Con esta mirada profunda, la que se juega es la poeta, en leguaje preciso, y va modelando hasta llegar a breves síntesis, atravesando dudas y obstáculos. Es el mundo envuelto en los velos del azar y la contingencia, así nos da este libro bello, envuelto en la seducción, porque las palabras corporizan ese “itinerario” en la intemperie.
Esta “aprendiz de maga” se sumerge en los resquicios del juego de la vida y avanza envuelta en su pasión.

 

Heridas de póker es una mirada. Es un libro para abordar despojados, desde otra zona, desde la luz instantánea de un relámpago.

 

 

María del Carmen Suárez

Buenos Aires, 2010

 

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6 - VÉRTIGO UNO

 

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Aumento de luz
no es deslumbramiento,
ni reflejo de un espejo contra
el sudor de tu mirada,
sino la jugada del vértigo
ese no creer no puede ser esa figura
esa reina
sobre la mesa.

 

En este juego no hay cartas marcadas,
hay un rapto del otro.
El escarabajo con alas monta al elefante,
pronuncia un retroceso engañoso
y después el disparo.

 

Antes de trasponer el umbral
deberías alisar algún movimiento espontáneo,
llevar el cuerpo como si pudieras,
ejercitar también

una máscara de cera.

 

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8 - HACER SILENCIO

 

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Si reiteras el gesto, la palabra,
secreto que delata la disparidad,
confesión                 ese naufragio de ser
la pulsión del encordado
                                   (Ana Foutel cuando juega en el piano
                                    y su silencio es alzar
                                    los brazos en abrazo con el aire)

 

si volvieras a pronunciar la clave de fa
ausente en este pentagrama
donde vociferan las apuestas
                                    (timbales manos picantes
                                    tres ojos bizcos percusión
                                    la mordedura de tu lengua)

 

deberás poner sordina,
tapar tu presencia enteramente
debajo aún más de un lienzo,
poner sordina. Hacer silencio.

 

El aire es el lugar
donde los garabatos de tu mano
escriben la arquitectura de otra ciudad

tan imposible como borgeana.

 

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10 - FUGA

 

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Este vuelo es sin escalas.
Cada naipe es pronunciación del viajero
con la vista esquiva en el pozo,
derivaciones de un suceso
y la reconstrucción de azares.

 

Este vuelo es sin escalas.
Interrumpir la partida será igual
a una fuga sin clave,
la orfandad sublime,
el ascenso y la caída
                                    - y viceversa.

 

Interrumpir el juego es lo vano:
comprar títulos de honor,
el reincidente intento de cambiar
de colegio
de ciudad
de cuerpo.

 

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JOSÉ CUBAS 2467

 

El árbol daba la sombra que amabas cuando no había puerta y entrabas a la casa
por el costado y el pasillo abierto al cielo era el otro recorrido hacia el parral. Esta
tarde fueron anchas veredas arboladas, apenas un recuerdo y la avalancha de
preguntas sobre la existencia de ese paraíso frente a la casa del piano. El paraíso
estuvo siempre allí. Las sucesivas casas posteriores al exilio fueron huracanes
inútiles para que vuelvas y encuentres la otra puerta.

 

Y los vidrios amarillos elegidos por tu madre vinieron a decirte que tu memoria
estaba detenida en el tiempo anterior al estadillo. No hubo escenas de familia ni de
mentiras. Tu memoria custodiaba el piano, la ventana de roble, la planta de jazmín,
para sostenerte en cada fuga hacia otra casa. Fueron huidas con la mutilación a
cuestas. El silencio. El silencio y otra casa y otra y este sitio provisorio donde hacés
equilibrio en un tejido desmembrado.

 

El árbol, ese paraíso podado, estaba desde antes. Tener en la memoria ciertos
olores es insano cuando se vuelve a una imagen anterior y los huecos congregan
castañuelas rotas, pretenciosas de baile. Un registro que pierde por el colador lleno
de agujeros los nombres y los besos.

 

Y anduviste las veredas con un gran cucharón de madera removiendo pegotes de
memoria. Como si aquellos huracanes hubieran vigilado alguna vez los restos de
cada naufragio. Las sucesivas casas posteriores al exilio regresaron ante la puerta
de los vidrios amarillos elegidos por tu madre. Y ahora ¿por qué pasillo entrarías a
esta mujer extrañada?

 

El silencio y otra casa y ahora la intemperie. Es pacífica la forma de la claridad.
Vuelve a recordarte los lugares iniciales del destierro. Vuelve a recordarte las
guaridas imperceptibles que forjaste para andar descalza, despojada de jazmines,
huérfana de piano, con la herida abierta y esta cicatriz en la retina que deforma la
visión y multiplica imágenes.

 

El árbol y la ausencia del árbol son tu memoria de olores encimados. Son el punto
de una nube que no termina de pasar. Un patio de baldosas cerrado por el tiempo.
La detención instantánea de un algo borroso conteniendo los empecinados intentos
de escritura. Y ahora ¿Cuál sería el círculo real que te retorna? ¿Cuál la partitura de

esta artesanía para sostener el equilibrio?

 

 

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SOBRE LA OBRA

 

La autora es muy consciente del poder de las palabras, por eso las usa con cuidado, las mezcla con habilidad profesional, conoce también el peso de las historias y del “repetido mecanismo activador de fantasías” que los otros construyen cuando uno habla, lee o cuenta. En algún momento del libro dice, cuando Teny trata de explicar a un periodista en qué consiste su “experiencia” como lectora:

“Dije: magia, como quien hace magia a partir de un sonido o fonema, la palabra puesta al servicio de la situación… Creo que repetí la palabra magia para convencerme de que podía desarticularme y ser yo misma algo inexistente, inventado por mí, aunque después fuese imitado por otros, como los avisos”

 

María Neder sabe lo que las palabras suscitan, lo que implican, lo que pervierten, lo que destruyen y construyen, o reconstruyen –como diría Derrida- es decir, la capacidad que tiene para desmontar la realidad y convertirla en otra cosa …

 

Rocío González, México, DF (Diciembre 2006)

 

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RESUMEN ARGUMENTAL

 

Una mujer joven intenta sobrevivir en una ciudad despojo que podría ser Buenos Aires. Varios temas se entrelazan, la orfandad y la relación con el padre, la lectura y el acto mismo de la lectura. Será a partir de un aviso donde se ofrece lectura a domicilio que se abre la serie de encuentros y desencuentros. Mientras, aparece la máquina lectora, Reading Edge, transformando su vida de náufraga en una búsqueda de sentimientos ausentes. Entre libros vendrán la ironía, el juego, el sexo, los interrogantes. También aparecerá la infancia, buscando una foto de su madre y esperando al padre, quien le enseña la vida bohemia y el amor por los libros. Luego el abandono, la aparición de una familia de pueblo, Ignacia -la ciega.-, el amor a medias, la ternura con la anciana María Celina. Una ciudad donde el Palacio de Justicia se ha convertido en un Shopping, las plazas enrejadas, las calles sin árboles. Hay elegidos algunos fragmentos valiosos de la literatura universal que serán el contrapunto de varias escenas con constante tono erótico, en vértigo y detención.

 

 

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CAPÍTULO COMPLETO

 

Desde la ventana que da al río Teny lee con leve voz y, alternativamente, observa un velero. El viejo ha ido inclinando la cabeza hacia la izquierda pero mantiene los ojos alzados como detenido en el techo, en una mosca en el techo o en una mancha de humedad, casi imperceptible. Es la tercera vez que Teny lee ese libro de Oscar Wilde. Se desconoce cuántas veces ha leído el viejo (aún cuando no lo era) el mismo libro. En el velero hay dos personas de pelo largo, una de ellas pareciera llevar un pañuelo al estilo flamenco, tiene un camperón de color ambiguo, fucsia, casi violáceo. Se acercan a la costa. El viejo ha llevado (no se sabe cuándo) la mano derecha a la entrepierna, una mano que reposa casual. Teny sigue leyendo mecánicamente, casi sabe el texto de memoria y los tonos que se merece este párrafo especialmente, así que puede mirar a los del velero sin interrumpir el relato. Los del velero se están hablando, es evidente, hay una brisa que parece deliciosa, parece porque la vela se infla y sostiene el hueco, su vientre, hacia el este. El árbol grande del jardín también mece algunas ramas, y las hojas del árbol se rozan. El viejo tose. Ha desviado los ojos de mancha de humedad o de mosca, o bien alguno de ellos han cambiado su ubicación en el techo. Teny oye sonar un teléfono, el viejo ni se inmuta, no se sabe si está oyendo o no el relato. Los del velero están más cerca de la costa, el que estaba sentado se ha parado y se saca algo del pelo, es rubio, muy rubio.

 

- ... Bien sabía él que el retrato no podría decirles nada. Verdad es que conservaba bajo la monstruosidad de sus facciones una marcada semejanza con él; pero, aunque así fuera, ¿qué iba a revelar a quienes le viesen? Él se reiría en las barbas de quien tratase de vilipendiarle...

El viejo, aún con los ojos fijos en aquello (mosca o mancha de humedad imperceptible en el techo), abre la boca como si riera. Teny no lo mira pero ha intuido un cambio en la respiración, sigue leyendo como si nada:


-¿Acaso lo había él pintado? ¿Qué podía, pues, importarle aquella apariencia de degradación y de vicio?

 

Ahora Teny oye la carcajada del viejo. Los del velero se han sentado, de espaldas a ella, de cara al horizonte.

 

-…Y aunque les dijese la verdad, ¿Podrían, acaso, creerla? / No obstante, tenía miedo.
-… Más de una vez... -el viejo se anticipó con esa voz ronca, pastosa, y la mano derecha apretando el bulto pequeño y evidente entre sus piernas flacas.

-Más de una vez -continúa Teny-, en su quinta de Nottinghamshire, rodeado de sus invitados siempre jóvenes a la moda, que le reconocían por jefe, asombrando la comarca con su lujo extravagante y la suntuosidad de su tren de vida, había abandonado, súbitamente, a sus huéspedes y corrido a la ciudad a asegurarse con sus propios ojos de que la puerta no había sido forzada y el retrato continuaba en su sitio.

Teny oye el carillón y algún teléfono sonando al mismo tiempo. El viejo tose sin taparse la boca, tose atragantado con aire o saliva. Teny ha detenido un segundo la lectura, dos segundos, mira su reloj de pulsera, las cinco y treinta y cinco. Ahora el viejo ha enderezado la cabeza, hace una mueca y tose levemente.


-El solo pensamiento de que podían robarlo le horrorizaba -dice el viejo a la vez que gira la cabeza pecosa y casi sin pelo hacia la ventana. Teny mira hacia el río, ya no el velero. Siente la boca amarga, invadida. El viejo sonríe, mueve la cabeza afirmando, una cabeza breve, pesada, que afirma, los movimientos cortos, rápidos, casi un temblor que afirma, como si regresara del letargo de la lectura, un letargo consciente que activa la memoria o las sensaciones. La puerta se abre sin sonido alguno y una enfermera asoma con mirada interrogante. Tal vez Teny tenga las axilas mojadas, o no sólo las axilas.


La enfermera la acompaña, descienden en silencio la escalera de madera, ancha, oscura.
El taxi está esperando. Teny mira un rincón del jardín donde las florcitas silvestres se confunden con el pasto mojado. El jardinero saluda: levanta la mano derecha. La mucama abre el portón.
-Hasta mañana.

 

(Dieron las tres, y las cuatro, y la media hizo sonar su doble juego de campanas, sin que Dorian Gray se moviera. Estaba tratando de reunir los hilos escarlata de la vida y tejerlos en un patrón; tratando de encontrar su camino en medio del ardiente laberinto de pasiones por el que vagaba)

 

 

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PARTIDA DE NACIMIENTO

 

Sonaron las mujeres como ruego
(no sé si sus voces se oyeron o fue el eco).

Vengo ciega
¿es que no se oye mi bastón a los tumbos?,
vengo intermitente
soy trazo en el oscuro de un nombre secreto
igual a la costura del tiempo en el ombligo.

Ahora es un redondel intacto,
es la mirada recorriendo bordados de una casa
que desconozco,
no sé dónde el centro
¿tanto engaño para mostrar un agujero?

implacable sello este apellido.

 

 

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MARZO CERO DOS

 

El cielo en porciones
            -mi mano mendigante-
y se nos iba el sueño entre tanto aullido silenciado
y el tren sobre todos los chicos de todas las estaciones
las calles las esquinas todas las plazas
y las enrejadas.
Era una luna provisoria
y sin embargo aparece
como la foto que cae del equipaje. 

 

Perdimos un vuelo no sabemos dónde
el avión arriba y este desierto

 

damos vueltas a lo loco
los pasos errantes y seguimos bailando.
Es que no aclaro
¿cómo puede ser humano andar en los escombros
aullar y esperar una caricia?

 

Era un patio una porción de cielo y nada más
y también una luna famélica de trigo

 

pero usamos navaja para el pan
y un cartel de peligro en la frente
nos quedamos con una sola puerta sin paredes.

 

La sombra va con nosotros.
El otro lado es éste.

 

 

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SAPOS EN LA CALDERA

 

¿Y qué haremos ahora
acabadas las pantagruélicas mesas
con el buitre devorándonos
estas rosas blancas tan otoño?

 

¿Qué haremos inundados de silencio?
¿Qué, con nuestras dos caras? multiplicadas
ocultan muertos / hambre / chicos
desorbitados / compás furioso de mirada
cruzados los recorridos y la lengua
danzando en la basura
encaje en los calzones y mierda en los zapatos
¿Qué haremos con el ansia enferma
primitiva voraz

absolutamente irreparable?

 

 

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HACERME DE BARRO  -  5

 

Amanezco en este instante
como si una mano de mar
                -ahora me sujeta/acurruca/ahora
                me lanza hacia el vacío-
en el vacío lanzada desde
esa mano
ese pecho inmenso recinto
donde los peces de mi pasado
se comen unos a otros.
Amanezco
haciendo pie con mis senos lamidos,
palma contra palma
asciendo
hasta los huesos

 

(ya nunca más pisaré como antes)

 

en mi agua en el desborde
de mi cuerpo ronda ese tiburón

 

y mis peces

hacia la otra orilla.

 

 

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6

 

la verdad es una piedra pulida por el agua

 

mi cuerpo piedra desnuda aún
más que al nacer entre babas balbuceo
hilitos de aire
el miedo
una piedra sin aristas ni olores
pulida redondeada verdad no cortante
sin ángulos ni danza ni engañosa forma
pulida por el agua y un arroyo hombre
sol donde mi cuerpo
penetra como en ritual de piedra

 

este cuerpo en una tarde todas las tardes
síncopa
del instante piedra puntual instante
en que el agua
el agua el agua el agua

 

mañana seré verdad.

 

 

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9

 

Saberte sobre mi abismo
daga me descubre blanca brillante
enlaza mis pezones a tu boca
digo la forma alucinada volada ascendente
que trepa tu montaña se hunde
bajo la tierra en dilatada
tiernísima humedad
y sumergida una vez más
abrir los ojos buscarte entre algas
fantásticas me vuelven amielada
liviana bajo tu silencio de saliva
embriaga me derrama al aire
¡qué inabarcable el cuerpo!
sólo una porción apenas movediza
intenta llegar donde
un ave acólita incuba

tu mirada nueva.

 

 

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EXILIO

 

No estaré en la puerta
ni en el aeropuerto
ni en la esquina
ni colgada de la flor del palo borracho de mi vereda
ni en las calles
ni en el bar de Monserrat
ni en la letra escrita en una esquela

ni en la cucharita libre del café que espera.

 

 

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ÍNACO

 

Yo no anduve por ahí ni apagué el cigarrillo
en tu espalda ni corrí las semillas hacia el costado de
[tu puerta.
Tampoco encendí las velas a las 8 p.m.
ni atendí el celular cuando te llamaron para decirte
ya no te quiero.
Tienes el mar hacia un lado, también hacia el otro
y tu casa se desmorona sobre las ratas subterráneas.

 

Yo me quedé en mi orilla

 

 

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LETRA EQUÍVOCA

 

La sal no sala y el azúcar no endulza
y mi nombre no soy yo
sino lo que nombran
y mi nombre no es mío
si no de los que me nombran
mientras mi línea se achica
se ondula, tironea.

 

Una cosa casi roja
dentro de la boca se retuerce.

 

No hay posible.
No hay palabra.
Me trago la muerte
pero la línea puja
y mi nombre no es mío
y el vientre se estremece.
La sal no sala
el beso no besa
¿De quién es la cara de esos ojos?
¿Quién me mira y dice de mí?

 

 

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AI MI YICA

 

Naufraga mi cartera tejida
tinturas del norte mejor dicho
fibra tejida por las veredas angostas
de la gran city llorando al sur
teñida naufraga de somg
ai aimara mi cartera mi yica
cuando mi mano
sostiene el andar este andar y los gritos
basura basura basura
hambre miseria basura y los chicos
en todas las esquinas
los viejos los chicos los trajes
desorbitados los ojos las plazas opacas
fibra mi yica por las veredas angostas
llorando al sur llorando al sur
para andar este andar ai aimara
este andar
viciado de ausencias.

 

 

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CUANDO OCTUBRE

 

Y las palabras quedaron debajo de las piedras
debajo del camino que hicimos sobre las piedras indecisas
y las palabras los ojos y algún intento de beso cierto
en torno a los árboles de plástico
pretendían el mensaje en fax o por teléfono

 

yo no anduve por ahí
hubo un nombre que dijo que era mi nombre
yo no anduve por ahí
hubo un espectro una droga una seducción danza enloquecida
yo no anduve por ahí
alguien me estaba demorando en aquella casa donde dormí por última vez
yo no anduve por ahí
me dijeron que el cuerpo podía desprenderse
también me dijeron que alguien podía cargar el cuerpo

 

Y los ganchos de alambre se incrustaron en mis piernas
aunque parece que anduve alguna vez sobrevolando piernas rojas
y otra voz pronunció la sentencia provisoria
como si fuera el epitafio
para una ciudad de ahogo y agua sucia

 

yo no anduve por ahí
mi liviandad aún se ríe debajo del árbol donde una tarde y un sol
yo no anduve por ahí
me busqué y me estoy llamando desde la noche
yo no anduve por ahí
sólo sé que me llevaron a la tierra selva insecto porque sí
yo no anduve por ahí
una voz de un hombre -me parece- dijo que era mejor trasladarme
yo no anduve
no anduve
no anduve
y tampoco grité ni fui a buscarme por túneles hediondos

 

y gritaron las vértebras los gritos que silenció la boca
las palabras anudadas en el ruego y el intento
se le torció mi cuerpo a aquél que lo llevaba
y no pudo amar en la cama como amó durante mil años

yo no anduve por ahí
fue el despojo disfrazado de hoja tierna
yo no anduve por ahí
la careta de niña imaginó una bandera simulacro


yo no anduve por ahí
me lloré la muerte allá donde dormía
yo no anduve por ahí
fueron las voces que fingieron la sonrisa y después la ira
yo no anduve por ahí
tan lejos me había quedado

 

y los valles emergieron en diciembre no hace un año
para encontrar el mutismo implacable de la piedra
para fingir un poema de augurios imposibles
un sombrero de poemas soledades y una hamaca
la mentira del perfume francés

 

yo no anduve por ahí
yo me quedé allá, volando entre sueños y despertando

medio muerta medio viva. 

 

 

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POEMA DEL PRINCIPIO

 

Tu casa huele a poleo
a flor de aromo en el invierno
a menta de las alturas
y este cuerpo llega de smog
con textura arenosa / resto de pasado
o acaso este presente de risco dolido
y un amargor de saliva triste
de pestaña perdida
en un cuadro rojo casi sangre
casi grasa de plástico ciudadano
tristeza maloliente de deseo absurdo

 

entonces soy piedra que se busca
o sonido deambulante sin eco sin eco
con los dedos cortados
aquí llego.

 

 

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AHORA / APENAS

 

Mastico nueces del monte cercano
el tiempo se extiende otra vez y sin asombro.

 

Las he quebrado cuidadosamente frente a mi pecho
las abrí con el movimiento lento de los dedos,
el crepitar de la leña no cesa
el tiempo se extiende como si yo fuera el tiempo.

 

Como nueces,
no sé si estoy en el abanico del tiempo que se mece
o si estoy en el aire ritmo que juega en la extensión
en la porción de aire que toca el abanico.

 

Como nueces de aquellos nogales,
soy nueces y crepitar de leña y ausencia de voces,
una forma informe de pretensión o de pregunta
un signo que se forma en la extensión del tiempo
un dibujo del abanico dentro del aire total
que elige una porción, otra nuez al azar,
porción de tiempo que guarda, que libera
el instante puntual, la nota que no cesa
y vuelvo a ser el quiebre de la cáscara sonora
y el movimiento lento de los dedos que abren
una porción de tiempo y el fruto
o las nueces guardadas algunos días,
meses.

 

Muerdo un fruto de aquellos nogales,
entra en mí como si fuera un sonido.
El tiempo se extiende nuevamente

 

soy nuez
soy pulgar y soy índice trayéndome una porción
a la boca que se alarga y se mueve como si fuera el tiempo
pero soy yo el instante y el dibujo
el fruto soy madera y signo mordiéndome
el instante 
sin agujeros.

 

 

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LAS PIEDRAS DE MARIA

Premio Fundación Inca
(Jurado: Isidoro Blaisten, Héctor Tizón y María Granata)
En libro de cuentos “Entre los huecos”, Ed. del Dock, Bs.As., 1994

 

No podría llenarme de caracoles borgianos ni alucinantes, ni a pique ni llegando en el ómnibus sudoroso de febrero, rodeado de gente con cajas de alfajores atlánticos y suéteres gordos hechos un bollo en los asientos. No ahora, después de tantos caracoles y piedras de mar atosigadas en cada rincón de esta casa, y de las otras, que cumplen turnos anuales o quincenales sobre esta repisa o la del living o en el baño. Las otras pueden ser éstas del escritorio, casi privilegiadas por el tiempo de un estado de ánimo variable e insólito como el que tengo que soportarme desde hace cuarenta años. A veces pienso que mis hermanos y sobrinos me soportan más que yo mismo, que ellos sí saben qué ocurrirá conmigo dentro de dos horas o diez minutos, a veces me provocan sabiendo que me levantaré instantáneamente de la silla para ir a refugiarme al baño o al teléfono, intentando comunicarme con nadie, rumiando piedras o piñas de algún viaje al sur. Ellos son considerados.

 

Guardo tantas piñas como piedras y caracoles, flores de araucarias macho y hembra, y hojas secas sobre la bandeja blanca que no sé de qué material es, parece nacarada, se trata de uno de esos nuevos objetos pintorescos que llegaron con el boom de lo importado, el boom de lo oriental, chino o coreano o de Bali. La bandeja que compramos con María. La que ella eligió después de mirar todas las formas y tamaños durante casi diez minutos. El último viaje a Buenos Aires. Antes de mi tumba actual y considerada, de mi tumba a medida, mi nacarada tumba con flores de dos cuñadas y tres sobrinos. Hay días invertidos, me estremece la sensación de haberme intoxicado con olores, rastros, pelusas, acentos o comillas de María, es una sensación estomacal que puede ascender lenta y segura hasta la laringe y ahí amenazar con convertirse en un atragantamiento de recuerdos de voces que siempre es la misma voz.

La Visita - Ilustración Virginia Patrone

 

El disfónico timbre de la voz de María enmudecida al cabo de cuarenta kilómetros a toda velocidad. María tratando de sonreírme en una cabina. Sorteando pozos en esa maldita ruta hacia un hospital de pueblo. Y esta piedra colorada sobre el escritorio, a mi derecha, una piedra delito que María robó del Museo de la Facultad una mañana con mi saco del traje gris cruzado porque le quedaba mucho mejor que a mí. Especialmente aquella noche en que saltó desnuda de la cama y riéndose se lo probó y me rogó que fuera bueno con ella y se lo prestara sólo de vez en cuando y sus piernas se acercaron y se abrieron sobre mí y desprendí m saco y mamé María y se ablandó en mis brazos y sus pezones goteaban mi saliva y reímos y la mujer denuda con un gran agujero en la panza estaba ilumina la sobre su mesa de luz, la piedra que desde ayer acompaña mi cepillo de dientes en el botiquín del baño. Claro que son comprensivos conmigo. Pero ya le dije que no quiero más caracoles, ni conchillas de mar ni de las otras. Se lo dije a Silvio y a los demás. Silvio es tierno, me dice tío reíte conmigo, trae piedritas y caracoles en bolsas de polietileno. Pensará que mantengo diálogos en código secreto. Que mastico piedras por la noche. Que cuantas más junte mejor he de vivir. Que edificaré el castillo sobre las condenas. Silvio puede creer porque tiene siete años. No soporto esas asquerosas bolsas pegoteadas con restos de su primer contenido sonando a parodia para mantener esta tumba, detenerla en un momento, cuidarla como se cuida un hermano o tío manso y de genio impredecible que sonríe cuando ellos menos lo esperan y se retira, porque siente que es el momento apropiado para estar solo. Nada me cuesta tanto como explicar las razones por las que guardo las piñas, las piedras, los caracoles. ¿Cómo podría entonces explicar las razones de por qué las cambio de lugar y las miro y después las ubico de tal o cual frente o perfil? A veces siento que me piden sin pedir. Que esperan. Que suman suposiciones a ciertas esperanzas por supuesto personales, íntegramente subjetivas. Que me miran. Que no me ven. Que me respetan. Que les cuesta. Y a mí también.

Sin embargo me están cubriendo de caracoles y lo siento con mayor claridad porque es marzo del noventa y cuatro y después del pacífico y solitario febrero ellos no regresaron con las manos vacías. Trajeron caracoles y conchillas porque son más livianos, si lo recordaré. María escondía piedras entre la ropa y aunque las que más le gustaban venían en su bolso de mano, el peso de la valija tenía variaciones aumentativas que rondaban los diez kilos y mi cara de enojado me decía, que todo el mundo iba a pensar que estábamos peleados y un montón de tonterías por el estilo nada más que para hacerme reír, para cumplir con la carga obligada de María entre una remera y un pantalón o encerrada en una bombacha que después escupía partículas de arena. Aunque el último hallazgo fueron los zoquetes de lana. Ella misma debe haberse olvidado. Aunque lo dudo, no podría olvidar esas extrañas piedras. Ordenar su ropa ha sido una de las tareas más dolorosas. Encontrar el pijama de algodón que compramos en Río y que estrenó aquella misma noche para ir a comer, me pedía que le sacara una foto, me lo pidió tres veces, después preguntó si me daba vergüenza salir así con ella y me besó. En la cabina no tuvo fuerzas, por eso le dije que recibía el beso que quería darme, que me estaba dando mientras cerraba los ojos de dolor y después quieta. Al llegar a casa, después de eso que había que hacer, pude escuchar su voz perfectamente. La oí cuando abrí la heladera y vi la tarta que había dejado preparada para nuestro regreso. La oí cuando llegué al dormitorio y la cama revuelta desde hacía tres días. Su camisón en el suelo y las alpargatas debajo. Sé cómo se sacaba María el camisón: lo dejaba caer y se descalzaba para correr a la ducha, ahí quedaba el hueco de su cuerpo mostrando las alpargatas o las chinelas, puedo ver esos movimientos como estoy viendo ahora la piedra colorada y también la azulada con tonos grisáceos que trajimos de Tierra del Fuego. Me complace mirarla, esta piedra azulada no parece piedra, menos que la otra, que tiene rasgos semejantes a un rostro humano. Pero la azulada crece cuando la cambio de lugar, un temblor caliente me recorre la espalda, crece especialmente cuando la ubico en algún sitio escondido, así sea un segundo plano. Mariel, la menor de mis cuñadas, dispuso una vitrina de caña para las piedras y algunas plantas, allí pusimos también el llao-llao grande que trajimos del lago Futalaufquen. María lo trajo envuelto en un suéter, como un bebé, aunque pesa como un chico de cuatro años. Ahí, en la vitrina, estuvo la piedra azulada junto a otras volcánicas de formas extravagantes. Tal vez pasara inadvertida, para ellos. Yo las miro a diario y no preciso más de tres o cuatro minutos, no hace falta que cierre los ojos, súbitamente hay arena sobre mi frente, en el pecho, las piernas, hierve, y es áspera. Una noche estuvimos escuchando música después que mis sobrinos se durmieron. Lucas, mi hermano mayor, había traído unos discos compactos de buen jazz, Ellington y otros, también Evans. Me sentí muy bien, no fueron sólo recuerdos, acaso vibraciones, algo se me aflojó en la cara. Las dos parejas se fueron a dormir, tanto por mi insistencia como por la hora. Me gusta que las parejas se besen, se mimen, se toquen casi disimulando, me gusta ahora mucho más. Se lo debo a María. Ella solía decirlo y después me di cuenta. Eran las dos de la mañana y me paré a ver las piedras de la vitrina. Sentí que alguien me tomaba de la mano, alguien me levantó del sillón y me acercó. Como aquella otra vez, en una sesión con María hace diez años. Me acerqué para ver las piedras de la vitrina y ahora que lo recuerdo compruebo que mi vista estaba dirigida al tercer estante, donde Mariel puso el clarinete viejo de caoba y junto, hacia un costado se abre el abanico de piedras volcánicas y la azul con trazos grises. Había aumentado su volumen. Y yo también. En forma pareja. Verla era una delicia, mantenía su armonía orgullosa frente a mi mirada que accedía al secreto. Dormí profundísimamente esa noche y ahora le guiño un ojo, en este preciso momento en que no evito mirarla. He visto cómo recobra su tamaño y se siente bien, igual que María, cuando me sonrío. Sé que hice un esfuerzo por sonreírle en la negra cabina de la ambulancia, los dos solos y aún ella tenía los ojos abiertos. No sé si alcanzó a verme. A rozar con su mirada el contorno de una sonrisa forzada y difícil o del llanto contenido mi grito sangre y saliva y vidrios sobre cuerpo María, retumbando, alargándose en una frenada que hace eco hoy en esta cabina prestada, este negro reciento parodia de altar para tus flores de madera, secas, inertes, más que las piedras, que los huesos y caparazones de moluscos en un frasco de vidrio y con agua de la canilla.

 

Ayer me regalaron dos frascos antiguos de vidrio transparente, ayer domingo, de la plaza San Telmo. Para los caracoles, también para las piedritas que trajo Silvio de las vacaciones. Primero separamos formas y colores. Después acomodamos por zonas o caras del frasco, colores y formas. Después revisamos cómo lucían las formas elegidas. Y los colores, por zonas, o caras, porque el frasco que armábamos tenía cuatro caras con los bordes redondeados. En un momento todo era igual. Iguales las cuatro caras del frasco atragantado de caracoles, conchillas y piedras, iguales los colores de cada uno de los cadáveres de moluscos, iguales las formas de cada uno de los huesos de playa argentina, iguales los caracoles de la cara de Silvio y los colores de sus manos y los ojos y las piedras que mostraba su sonrisa y la forma de la mesa o el vómito donde trabajábamos, igual el peso del nombre de María y el tintineo insoportable de cada espectro cayendo dentro del frasco, después Mariel que se ríe y escupe conchas nacaradas con sabor a yerba vieja y fría que Silvio ataja con su otra risa de satisfacción enferma y veo que le ponen agua de la canilla, agua contaminada de la ciudad, acaso es baba cayendo de mi boca cuando ya exhausto y sentado en la silla de la cocina contra los azulejos blancos y mi mejilla o una parte siente frío pero las manos sobre las rodillas.


                             Sé que me está viendo.
                             María. O esta piedra azul ha

 

El tío rompió vidrios, sólo con cuatro piedras.
Dentro de seis meses cumpliré ocho años y no soy ningún tarado. Escuché decir un montón de pavadas. En la película de ayer se las decían a la hija. El tío rompió los vidrios del escritorio, de la sala y uno de su dormitorio. En casa estábamos todos pero él habrá imaginado que estaba solo. Lo único que me gustaría es averiguar cómo lo hizo sólo con cuatro piedras, metidas en unos zoquetes que eran de la tía que murió el año pasado.
Creo que me darán la gran colección de piedras asesinas y de caparazones de moluscos devoradores. Y los frascos antiguos y la piedra colorada con cara de hombre prehistórico. Le dije a mamá que la colección de piñas no me interesa, pero que no se la dé a mi hermana porque la estúpida lo volvía loco al tío con esa flauta que siempre se equivoca. Me dijo está bien y lo miró a papá. Cuando el tío vuelva a casa estará contento porque yo las haya cuidado. Guardé dos grandes en mi caja de zapatos y la de la mujer desnuda también. Y los chicos del cole no me sacarán ninguna porque le dije a papá que hagamos una estantería cerrada con vidrios. Dijo que la semana que viene. 

 

 

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EL FINAL DE LAS LÁGRIMAS

 

… No supe qué hacer, procuré que no me viera y la observé un largo rato detrás de la mesita del hall de entrada; se dejaba arrastrar como si el peso de su cuerpo se hubiera duplicado y…

 

 

La depresión más honda de su vida fue una tragedia para todos nosotros, un drama que se produjo con secuencias diarias y sin intermitencias. Sus continuas frustraciones, que se venían sucediendo desde hacía nueve meses, explotaron como la eclosión inesperada, casi absurda (porque a decir verdad, confiábamos plenamente en su fortaleza de espíritu y su equilibrio mental).


El final de las lágrimas - Ilustración Virginia Patrone

 

Comenzó una mañana en que no se levantó como de costumbre. Por la noche al llegar a casa, comprobamos que aún seguía encerrada en su cuarto. Todo estaba tal como lo habíamos dejado y cuando golpeé a su puerta respondió con el ruego lógico en días de actividad: déjenme descansar, por favor. Al día siguiente tampoco la vimos por la mañana. Decidí regresar al mediodía y la encontré en camisón, llorando desesperada y dando vueltas por la casa como si quisiera salir. No supe qué hacer, procuré que no me viera y la observé un largo rato detrás de la mesita del hall de entrada; se dejaba arrastrar como si el peso de su cuerpo se hubiera duplicado y la cantidad de angustia le tironeara los miembros hacia abajo. Caminó suplicante y cansada desde la cocina al baño y luego a su cuarto, se acostó en la cama y lloró aún más. Me fui sin hacer ruido. Esa noche demoré pero el estado de las cosas al volver era exactamente el mismo. De noche podíamos oír su lamento continuo, pero solía serenarse y nos parecía que lograba un sueño profundo y pesado. Yo temía que no quisiese despertar, y ella despertaba, aunque para llorar y arrastrarse cada vez con más tristeza. Pasaba todo el tiempo en camisón, encerrada, escondiéndose del mundo. Los primeros diez días lloró continuamente hasta agotar las lágrimas.

 

Mi primo el terapeuta dijo que esas lágrimas eran como la fiebre en otra enfermedad, entonces yo rogaba para que salieran de una vez, aunque la agotaran al punto de no tener fuerzas para caminar, pero que acabaran de salir para iniciar la recuperación.

 

Tuvo que permitirse otras manifestaciones de la angustia. Los diez días subsiguientes, sin reponerse aún, lloró y siguió llorando, ahora por el clítoris. Día y noche. Y las lágrimas estampaban el recorrido de su andar. El piso ganaba pequeños círculos brillosos y salados que aumentaban cada día, cada noche, cada hora. De su cuarto al baño, del baño hacia el living o hacia la cocina, apenas unas vueltas difíciles de reconstruir, que se superponían con el regreso a su cuarto, según parecía, apoyándose o sosteniéndose en la pared. Fue así como agotó la producción líquida de su cuerpo que sólo expresaba el estado de sufrimiento mudo, permanente y real. Los veinte días subsiguientes necesitó más lágrimas para tanto desconsuelo y comenzó a transpirar, a través de todos sus poros, lágrimas de pesar irreparable que humedecían las sábanas y quemaban la piel.

 

Ya no se levantaba, ya no cerraba su puerta.

 

Una noche me asomé para verla, aún dormida su cuerpo lloraba con temblores de sudor, su aspecto mostraba el agotamiento del alma quebrada y sus puños tensos habían borrado la figura de sus manos.

 

Al final, agotado ya el cuerpo de tanto llorar, la tía Zulema quedó quieta y seca sobre su cama. Quedé tieso cuando entré a su cuarto (esa tarde regresé temprano) y vi algo parecido a un montón de papeles arrugados. No sé qué extraño zumbido me sacudió por un momento, mi detención fue breve pero la sensación de parálisis creo que fue por el aire quieto y frío de esa cámara transparente en la que ingresé; algo, sí, aleteo, casi una vibración, me recordó que allí debía estar ella. Debe ser por eso que al acercarme distinguí una parte del esqueleto cubierto (persistente pudor aún en la consumación) con una traslúcida película de piel (o gasa, ya no recuerdo).

 

La tía Zulema nos dejó su imagen de fruta humana seca para estupor del resto de sus sobrinos que no creían mis relatos.

 

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